Recuento de un jóven venezolano…

Por Iván Zambrano, 22 ene 2019

¿Han llorado por desgaste? Ese llanto que no moja. Un llanto casi seco que aflora cuando no tienes nada que perder, ni siquiera lágrimas. Ese llanto que es un cóctel de cansancio, arrechera, incertidumbre y tristeza; ese llanto silente que te aborda mientras comes en tu cuarto o mientras estás trabajando frente a la pantalla que ves más que a tu familia. Ese llanto que le escondes al amigo que siempre has temido que te diga “también me voy”. Ese llanto que viene cuando te das cuenta de que estos 20 años el mundo siguió girando sin nosotros. Ese llanto que viene con el gentilicio de ser venezolano.

El chavismo atacó antes de la pubertad de muchos. Yo tenía 9 años la última vez que quería ser astronauta; 12 cuando me sinceré por Comunicación Social, 15 cuando me tocó diferir algunos sueños de adolescente, 25 cuando suspendí los planes de independencia por los de supervivencia, 29 ahora que empecé a sentir claustrofobia porque solo estamos conectados al mundo exterior por Twitter y Netflix. Debí haber sido astronauta.

Es un logro salir de la cama. La ansiedad se siente menos mientras estás debajo de la sabana. Pero hay que activarse, porque el agua la quitan en 15 minutos. Te cepillas los dientes con pasta dental rendida con bicarbonato. Te desnudas y saludas a tus complejos en el espejo. Al pantalón le queda una puesta, mira que estamos lavando la ropa con shampoo. Te persignas antes de entregarte al frío del agua de los tobos. Te sientes sucio aunque te estés bañando. El agua que te echas con el tobito en la cabeza, es la misma que debes recoger con una ponchera para luego usarla en el tanque de la poceta. El nuevo ciclo del agua.

Vivimos en una cárcel a cielo abierto. Son 4 rejas las que tengo que abrir para salir del apartamento. Luego soy invisible en las calles de Caracas. Veo los rostros de quienes se me cruzan, pero ninguno me ve a mí. Cada quien anda en lo suyo, caminan mirando al piso, como si quisieran encontrarse con un “dólar de la suerte”, como si estuvieran calculando cuánto tiempo más aguantarán las suelas de los zapatos, como si estuvieran buscando el botón de “Reiniciar país”.

No estamos muertos. El dolor también es una manera de recordar que seguimos vivos, aunque eso no sea un consuelo. Ya uno no quiere cumplir muchos años más, ya uno se conforma con cumplir los necesarios. No te aferras a nada. Tal vez el chavismo se una rama bien coñoemadre del budismo. Te obligan a practicar el desapego material y emocional a juro. Uno termina viviendo tantos lutos en simultáneo que simplemente te apagas por dentro.

Sin embargo, estas semanas hemos estado con el gentilicio y el estómago revueltos de emociones. En este país fantasma algo sigue vivo: la esperanza (aunque ya tenía su obituario hecho). No tenemos cultura de guerra, por eso atendimos un nuevo llamado de civilidad. Se alinearon los planetas. De las cenizas de la oposición, Guaidó alzó la mano, y pasó del anonimato a ser el hombre que pudiera tener al chavismo en terapia intensiva. No es poca cosa. Seguramente no todo será como lo tenemos en mente, pero en este momento prefiero mantenerme del lado de los optimistas que se llevarán un coñazo y no de lado del pesimista que se tendrá que tragar sus palabras. Ojo. Yo también tengo más preguntas que respuestas.

No quiero tener debates de si soy o no un güevón (en mi vida he coleccionado motivos para que me acusen de eso y mi mamá me lo repite cuando le quito Venevisión Plus). Ser venezolano cansa. No hablo de aburrimiento, hablo de erosión de tu esencia como humano. El chavismo te pulveriza, no te da paz, incluso si te vas. Son maldad pura, estereotipada, villanos de Disney que llevaron bastante coñazo en la cara. Son monstruos que comen morcilla hecha de sangre, dinero y mentiras. Están gordísimos. Son ellos el enemigo, no los “güevones” que apuestan por ser civiles.

A Venezuela la bautizaron así por ser una “Pequeña Venecia”. Vaya lógica la de Américo Vespucio por haber visto unos palafitos en el Lago de Maracaibo. Esta Venecia enana es más grande de lo que creemos. Y digo “nuestra” sin exacerbar el patriotismo. No creo en bandera ni en escudo. Creo en ser apasionados sin ser fanáticos. Este es mi país porque es el lugar en el que están sembrados mis recuerdos, mis creencias, mi identidad. Tengo un mapa de mis vivencias, no uno geopolítico. Venezuela no es un “país de mierda” y tampoco “el mejor país del mundo”. La nacionalidad sirve para satisfacer nuestra necesidad de pertenecer a algo, pero en el fondo despierta demasiados demonios. Uno de ellos se llama Xenofobia.

Somos una nación de náufragos. Pertenecemos a esa rara raza de “venezolanos en Venezuela”. ¿Suena redundante, no? Es curioso que tengamos que aclararlo en voz alta. Nos regamos tanto por el mundo que por eso hay que repetirlo: sí, los venezolanos solíamos tener nuestro propio país.

Estamos en un momento irrepetible, en el minuto 44 del décimo episodio de la temporada final, el momento en el que el malo está guindando de un barranco, pero sigue dando patadas. Hay gestos y señales que apuntan a que podemos encontrar una cura contra el chavismo. Hay gestos y señales de que a juro viene un cambio, apostamos porque sea bueno.

Así son las reglas en la democracia, ese sistema político que en realidad es el “menos peor”. Las mayorías no siempre tienen la razón. Las mayorías consolidaron a Chávez, las caraotas con azúcar y a Marko Música. ¿Cuándo sirve la democracia? Cuando deja de verse como un concurso de carisma, cuando no te agarren por el estómago para votar por ellos, cuando candidatos y sufragantes están educados en el tema y no juegan al chantaje populista. La democracia sirve cuando el ciudadano deja de portarse como el cliente que siempre tiene la razón.

Esta vez volveremos a salir a la calle, pero dejaremos bien guardadas en casa las ilusiones de un cambio inmediato. Algo hemos aprendido estos años: si hay algo que jode más que el chavismo, son los zancudos y las expectativas.

Para el cambio hay que estar dispuestos a trabajar, por eso el chavismo no va pendiente.

Luego que caiga el chavismo hay que blindar la Constitución y proponer candidatos presidenciales que salgan de un Reality Show en el que demuestren sus aptitudes. ¿Suena ilógico? No más ilógico que el hecho de que en Venezuela el único trabajo para el que no te piden título universitario ni partida de nacimiento sea para ser Presidente.

Cuando se acabe el chavismo, yo quiero que esos marditos devuelvan toda la plata que robaron, para así financiar una Maquinita del Tiempo y regresar a la sala de mi casa en 1996 para ver el Club de los Tigritos. O mejor no. Ovídense de eso. Lo primero que debemos hacer en la reconstrucción del país es sacarnos la idea de que “volveremos a ser”. No. Ese país de la nostalgia no existe, está en el pasado. Mejor, así tendremos uno totalmente nuevo.

Por cierto, ¿alguien que viaje pronto desde Caracas 2017 a Sabaneta 1953? Es para mandarle unos condones a doña Elena (tremenda vaina nos echaste). La mamá del bravucón que nos robó 20 años de vida sin duda no pertenece a la generación de padres a los que les duele que sus hijos no hayan vivido la juventud que esperaban para ellos. A algunos hijos nos duele que nuestros padres hayan envejecido antes de tiempo.

No hay perdón.

No, en serio, se agotó, igual que la paciencia.
La esperanza es lo último que se pierde, incluso cuando no tienes nada que perder.

¿Han llorado por alivio? Por pensar en cómo reaccionarán un segundo después de que caiga la dictadura, por fantasear con ver a los culpables de esta desgracia sentenciados a la misma cadena perpetua a la que pretendían someternos, llorar mientras dibujas a qué quieres que se parezca el nuevo país al que viajaremos sin salir de Venezuela. ¿Se te erizó la piel? Esa es otra de las formas en la que los venezolanos descubrimos que seguimos vivos.

Cuando se acabe el chavismo, que no se repita.

Nos vemos mañana en la calle…